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Supongo que lo que descubrí aquel día fue que vivir es estar en riesgo permanente.
… Algo parecido a la libertas
Pedro Lemus Urbina · @pedlemus
El once de marzo de hace doce años hubo un atentado en los trenes de Madrid. Un periódico barranquillero, en un conocido gesto periodístico de buscar al país en cualquier noticia internacional, contó la historia de una mujer colombiana, barranquillera, que había sido estudiante en mi colegio y que debía haber estado en uno de esos trenes pero salió tarde de su casa ese día. No olvido la historia porque dos cosas se quedaron conmigo: fue sorprendente, por un lado, que en el periódico estuviera alguien tan cercano (que no lo era: no la conocía, era mucho mayor que yo, y la habría visto, por mucho, un par de veces en el colegio) y también estaba lo asombroso, lo realmente revelador: ser impuntual le había salvado la vida.
Supongo que lo que descubrí aquel día fue que vivir es estar en riesgo permanente. Cada día, desde abrir los ojos en la mañana, que no es poco, y llegar a sano y salvo a la noche, parece producto de muchas casualidades. Pasan cosas todos los días: sale uno a la calle y puede caerse, enfermarse, ser atracado, divertirse, encontrarse a alguien que no veía hace mucho, pasar desapercibido; hay quienes descubren que tienen cáncer, otros que van a ser papás, alguien que no alcanza a subirse en el bus en el que iba el amor de su vida –y entonces no era el amor de su vida–, quienes mueren porque un borracho decidió que sí podía conducir, quienes no mueren incluso después de haberlo intentado, y aun varias infinitas posibilidades más.
Pienso en todas las posibilidades –que no son todas sino las que más fácil y con mayor frecuencia me atormentan– y me hago nervios, me lleno de ansiedad, y resuelvo que es mejor quedarse en la casa, donde no se está a salvo del todo (siempre hay terremotos, resbaladas en la ducha o leucemia) pero se está mejor. Es injusta la vida porque la justicia, la de verdad y que se escribe en mayúscula, nada tiene que ver con los asuntos humanos. Es difícil aceptar que no hay karma, que uno no tiene control sobre la mayoría de las cosas, que se depende siempre de los demás, y que el destino en realidad se llama azar. Azar que atraviesa la vida desde que se nace en cierta ciudad, en cierta familia con tales condiciones económicas y un deber ser asignado, entre otras, por lo que se lleva entre las piernas.
Me decido entonces a aceptar que estamos en permanente riesgo, para bien y para mal, y descubro que al menos saberlo me permite la sensatez de hacer bien aquello que sí depende de mí: dejo de comer animales, soy compasivo, escribo. Entiendo que desde que me levanto y pongo un pie en el suelo empieza la resistencia, que es también entrega, a la ley gravitacional, y resuelvo que esa otra ley, la del azar, que no es convención ni costumbre como las nuestras, tampoco admite cuestionamientos sino que debe ser abrazada, y en ese volver a las calles, en esa aceptación del caos, sin temor de las más terribles posibilidades y con suficiente estoicismo, me parece que puedo intuir algo parecido a la libertad.