




GRAFFITI: EGO Y FRONTERA
Lleva puesto un hoodie de color negro, pantalón del mismo color y una camisa de cuadros rojos amarrada a la cintura. Hablo de Andrés, nuestro speaker para esta ocasión, mejor conocido como Toxicómano Callejero.

Apenas lo saludo, le pregunto cómo prefiere que lo llamen. Me dice que algunos le dicen tóxico, otros Andrés y que otros prefieren el toxicómano. ¿es tóxico?. “Ya veremos al final de la charla”, responde sonriendo.
Es otro viernes creativo y estamos en la Casa Cultural Usaquén, nuestro espacio anfitrión para la charla sobre Nómada, el tema del mes para CreativeMornings.

Toxicómano no puede ser mejor persona para hablar sobre este tema porque es muy probable que personifique distintas versiones de lo que significa ser nómada: errante, itinerante, ambulante y vagabundo.
Le gusta la música punk en general, pero si ha de escoger algún género específico este sería el rock radikal Vasco. No puede vivir sin los amigos, a quienes considera familia, sin la cerveza rubia y sin las sopas.
Si hay un hábito ajeno que no soporta es aquel de las personas que caminan despacio a su lado o delante. Cuando eso ocurre no puede evitar mencionar la frase: estamos caminando tipo centro comercial.

Lo primero que se le viene a la cabeza al escuchar la palabra nómada es la imagen de un viajero solitario en medio del desierto.
Disfruta mucho de Bogotá y su caos, y su lugar preferido en la ciudad es El Infierno, una casa cultural ubicada en el barrio San Felipe.
Toxicómano siempre ha pintado en la calle y con plantillas. Cuenta que nunca ha sido el mejor dibujante y por eso utiliza esa técnica. Dio con ella desde pequeño, cuando encontró plantillas para estampar camisetas con los logos de sus bandas favoritas.
Su carrera como grafitero inició en el 2001, una época en la que pocas personas se dedicaban al graffiti. “Si uno se encontraba a las 3 de la mañana a alguien en la calle pintando , automáticamente se convertía en un amigo”, nos cuenta.

Nunca se le cruzó por la cabeza que le iban a pagar por pintar y su primer trabajo de ese estilo fue pintar un bar. En esa ocasión no supo ni cuánto cobrar y tampoco cuánto material iba a necesitar.
Tiempo después, con las redes sociales, se dio cuenta de que su oficio puede ser nómada: le permite viajar y conocer personas de diferentes partes del mundo que le ofrecen posada si algún día llega a visitar su ciudad. Amigos automáticos como esos que se encontraba en las madrugadas bogotanas.
Toxicómano se hizo a pulso y a veces, en sus inicios, necesitaba un par de shots de trago para atreverse a escribir frases en las paredes.
Como tenía poca experiencia y no dominaba bien el manejo de las dimensiones, muchas veces esas frases que imaginaba no le cabían y debía utilizar guiones para continuar en el siguiente renglón. Al otro día, cuando pasaba por el lugar en el que había pintado la frase cortada torcía la cara.

Cuenta que hacer graffiti no consiste en agradar, sino que es un acto vandálico y transgresor, diferente al arte urbano, y que siempre lleva una acción política detrás. Imagina que los miembros de las tribus que pintaron en las cavernas hace miles de años, no pedían permiso para hacer sus dibujos.
Piensa que el graffiti es la primera instancia de la pintura y que el acto de pintar en la calle se convierte en un ejercicio de resistencia; quizá el único del que disponen las personas.
También opina que es una actividad efímera, pues los graffitis hacen parte de la ciudad y nada le pertenece. En ese sentido es una actividad de ego y frontera, nos dice. “Es como un perrito que orina una pared. Siempre hay otro detrás que la orina nuevamente”.

Si hay algo que le gusta de ejercer su actividad en Bogotá es que hay muchos espacios para pintar y ya entiende los reglas de juego de la ciudad.
Los viajes le han permitido apreciar que hay ciudades más receptivas al graffiti, y otras en las que no se puede pintar. Nos cuenta que cada lugar tiene sus códigos y que con el paso del tiempo ha aprendido a leerlos.
Sonríe cuando se acuerda de Cartagena. “Allá uno no puede pintar en blanco y negro. Las personas que pasan te gritan: ¡échale color!, ¡échale monda!”
En otra ocasión, en el barrio Siloé de Cali, mientras pintaba un mural una pareja llegó en moto y le preguntó si le podían ayudar. Tóxico no tuvo problema en decirles que sí.
Al otro día, solo apareció la mujer y le comenzó a ayudar. Al poco rato llegó su pareja, descalzo en la moto, y cuando los encontró coincidió con un momento en que la mujer estaba riendo por algo que Toxicómano le había dicho. De ahí en adelante el ambiente se puso tenso. Al final, el hombre le dijo que lo mejor era que terminara el mural rápido y se abriera rápido del lugar.
Cuando terminó esa jornada de pintura, Toxicómano habló con las personas del barrio que conocía y les contó lo que había pasado. Le dijeron que lo mejor era que hiciera caso si no quería problemas, porque el hombre pertenecía a una pandilla.
Para cerrar su charla nos dice que está convencido de que la vida no premia el talento sino las ganas de hacer las cosas; como esas ganas que él tuvo al inicio de su carrera de levantarse a las 2 de la mañana a pegar carteles en las calles.
“Pinten una pared, y si alguien les dice que no se puede, respondan: que pena, no sabía”.
CreativeMornings Bogotá le quiere dar las gracias a todas las personas y empresas que hicieron posible este evento: a Casa Cultural Usaquén y todo su equipo por acogernos en sus instalaciones; a Osa Imagen y Juliana Garcia por el registro audiovisual y fotográfico de la charla; a Cafe Cohete por el desayuno, y como siempre a los asistentes a la charla y a toda nuestra comunidad creativa por apoyar nuestros eventos mes a mes.





























































































